Artículo publicado en GUADIELA, revista mensual de la Cuenca del Guadiela, nº de junio 2007
"El arpa que en los salones de Tara
el alma de la música derramara,ahora cuelga muda en sus muroscomo si hubiera escapado su alma.Así muere en orgullo de días pasados,tan gloriosa emoción ha terminado,y los corazones,que una vez latieron con orgulloahora no sienten su pulso."
Thomas Moore (1779-1852)
Fig 1: Ruinas de Ercávica, importante ciudad celtíbera, romana y sede episcopal en época visigoda, situada junto al cauce del río Guadiela y el pantano de Buendía, cerca del pueblo de Cañaveruelas, en la Alcarria Conquense.
El arpista debía ser nombrado maestro, Na Fili, en los tres géneros musicales: Suantraidhe, que nadie podía escuchar sin llegar a un sueño delicioso; Goltraidhe, que nadie podía resistir sin llorar y Geantraidhe, que nadie podía oír sin alegrarse.
El dios Lug regala el arpa a los hombres para mitigar los sinsabores de su existencia mortal y para que con sus arpegios, se invocara su nombre cuando las sombras se extendieran por el mundo. De esta forma, como una suerte de Prometeo céltico, los ayuda no sólo obsequiándolos con la música, sino que es el protector de los comerciantes, vela por las buenas cosechas y les descubre la civilización urbana.
Son numerosas las ciudades que tienen su origen en “Lugdunum”, es decir, “fortaleza de Lug”: Londres, Lyon, Leipzig, Leyden, Lugano o Lugo. Así como también derivan de la raíz semántica indoeuropea del término lug (resplandeciente, luminoso) varios pueblos de la Keltia peninsular como los lucenses, que ocupaban el territorio de la actual provincia de Lugo, los lugones, en el centro de Asturias, los lougoves, en el Burgo de Osma, en Soria, y los lusones, que poblaban la las denominadas “Fuentes del Tajo” en la Sierra de Albarracín (Teruel), alargándose hacia las parameras de Molina de Aragón en G
uadalajara, la Alcarria conquense y la Cuenca del Guadiela, llegando a asimilar a otras tribus como los lobetanos de la Serranía de Cuenca y los turboletas en la zona de Teruel.
Fig. 2: Mapa con la distribución de los pueblos de la Celtiberia *
Pero además de la toponimia y la etimología de estos gentilicios, podemos rastrear el culto a Lug en la Celtiberia a través de la arqueología. La inscripción hallada en Peñalba de Villastar, en Teruel, y la tesera de hospitalidad de Luzaga, en Guadalajara, son buena prueba de ello. En ambos ejemplos, que datan del siglo I a. C., aparecen alusiones a esta deidad en idioma celta con caracteres íberos. En el caso de Peñalba de Villastar, se trata de un auténtico altar consagrado a Lug en el que parece estar atestiguada la realización de sacrificios y ofrendas.
Serán precisamente historiadores romanos y griegos como Lucano, Plinio, Diodoro de Sicilia y Estrabón, quienes harán referencia a los altares que jalonaban las principales rutas iniciáticas de los celtíberos, que ellos comparaban a los “lares viales” dedicados al dios Mercurio (el Hermes griego) ubicados en las encrucijadas para guiar a los viajeros. A este respecto, podemos considerar al Camino de Santiago como una reminiscencia de estos itinerarios sagrados, donde los peregrinos, junto con los citados altares, utilizaban como elemento de orientación la Vía Láctea, el “Arco iris de Lug”, que servía de puente hacia Tir na Nog, la isla de la eterna juventud que era el paraíso de los celtas. Es el mismo arco iris custodiado por Heimdal descrito en las Eddas noruegas, que separaba el Asgard, la tierra de los dioses, y el Midgard, la tierra de los hombres, el Más Allá y el mundo terrenal.
Fig 3: Vista de la Degollada desde el convento de San Miguel de la Victoria, en Priego ( Cuenca).Fotografía: Juan Antonio García Sanchez.
En el territorio ocupado por los lusones encontramos también, tras un velo de cristianismo, la huella del paganismo. El abrupto paraje del anteriormente llamado Estrecho de los Frailes y actual Estrecho de Priego, es un enclave telúrico que llega a sobrecoger al visitante con la sola contemplación de las dos majestuosas montañas que flanquean el río Escabas y ante la visión mística de la Cruz de la Degollada. No es extraño que tanto Templarios como ermitaños se asentaran en este entorno desde fechas tempranas. El Convento de San Miguel de la Victoria, erigido en el siglo XVI para conmemorar el triunfo en la batalla de Lepanto, lleva a fijarnos en un antiguo motivo de la religión indoeuropea: el guerrero de la luz (San Miguel Arcángel, Mitra, Apolo, Lug) vence a la bestia de la oscuridad, restaurando el equilibrio cósmico y asegurando la regeneración de la naturaleza.
El aspecto cíclico del tiempo, es representado iconográficamente mediante la rueda solar en espiral para enfatizar la idea de movimiento y cambio, de muerte y resurrección, en el mismo sentido que la cruz de Cristo. En la cultura celta a este símbolo solar se le denomina Trisquel, el llamado "estandarte del Cuervo Blanco". El cuervo es el animal totémico asociado a Lug y al dios nórdico Odín, quien posee dos de estas aves, Hugin (reflexión) y Munin (memoria). Están posados sobre sus hombros en su trono de Valhala y al amanecer, los envía a sobrevolar por sus dominios terrestres, volviendo al atardecer para murmurarle al oído todo lo que vieron y oyeron.
Ciertas creencias célticas hablan de espíritus que vuelven de la otra vida bajo la apariencia de un cuervo y, además, los druidas podían profetizar a tenor de la dirección que tomaba su vuelo. Adquiere Lug en este punto una dimensión de mediador entre las dos orillas, la de los vivos y la de los difuntos. El mismo Julio César lo identificará con el Dis Pater romano, el dios de los muertos que conducía las almas al Hades. Pero al igual que el Siva de la literatura védica hindú es también deidad de los vivos, pues con su macabro y frenético baile de creación y destrucción, propicia la muerte y el renacimiento, la siembra y la recolección…
El primero de agosto, en la colina de Tara, tenía lugar una gran asamblea en la que se conmemoraba la unión sagrada del dios del sol con Eriu, la diosa de la tierra, para renovar su alianza y poder colmar a sus hijos de frutos y rebaños: era Lugnasad, la fiesta de la cosecha, la fiesta de los lusones. A partir de este momento, se podían celebrar los matrimonios, pues se estaba libre de los grandes trabajos del campo y se tenía con que invitar en el banquete nupcial.
En la boda celta, los contrayentes beben de un cáliz de oro y entrelazan sus manos a través de la oquedad de una roca, sellando de esta forma su pacto de compromiso mútuo. Después, en torno al fuego purificador, se entretejerán las antiguas danzas rituales sobre el tapiz de la vieja tradición gaélica.
Esta atávica festividad se ha recuperado felizmente en la actualidad en la aldea lucense de Bretoña y en el castro de Chamartín de la Sierra, en Ávila, cuyas tierras, al igual que las bañadas por el río Guadiela y sus afluentes, están bendecidas por el dios Lug.
El rememorar ceremonias ancestrales como esta , tal vez sea una buena manera de restablecer nuestro vínculo con las fuerzas de la naturaleza , y evitar así , que los ritos de nuestros antepasados se pierdan definitivamente entre las brumas de Avalón.
Fig 4: "Tristán e Isolda", por John Duncan
(*) Mapa localización de los pueblos celtíberos: E-Keltoi:Journal of Interdisciplinary Celtic Studies